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10/2/21
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Gonzalo García

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Nº 210 - febrero 2021

No han faltado los momentos de titubeo, falta de coordinación entre las decisiones de los Estados Miembros y debilidad frente a las enormes necesidades de gestión que ha puesto de manifiesto la pandemia. Sin embargo, la UE ha entendido bien la naturaleza de esta crisis, su carácter exógeno, ajeno a las decisiones y opciones de cualquiera de sus gobiernos. En la primavera, ante la constatación del daño catastrófico que estaban sufriendo las economías y la proliferación de medidas de respuesta nacionales con distinto grado de ambición, se fue haciendo patente la necesidad de que la UE reaccionara con un impulso fiscal común. La alternativa era dejar que se ahondara la brecha entre los países centroeuropeos acreedores y los países deudores del sur, con consecuencias potencialmente devastadoras para la cohesión del propio proyecto.

Así, la Comisión Europea ha creado un presupuesto temporal y excepcional denominado Next Generation EU. Se trata de un instrumento para impulsar, de manera conjunta, la recuperación de la economía y su transformación en clave verde y digital. Tras una larga discusión política y una serie de reuniones maratonianas, el Consejo Europeo alcanzó un acuerdo político sobre la propuesta de la Comisión el 21 de julio, que posteriormente se ha aprobado formalmente por el Consejo y el Parlamento.

El NGEU movilizará hasta 750.000 millones de euros en 2021-2026, obtenidos mediante la emisión de deuda a medio y largo plazo por parte de la Comisión Europea en nombre de la Unión. Se trata de un hito en la integración fiscal, puesto que es la primera vez que el presupuesto comunitario se utiliza con fines estabilizadores y con un mecanismo de financiación que implica déficit actual financiado con deuda común. Además, el reparto de los fondos entre los Estados Miembros se realizará primando a aquellos países de menor renta per cápita y que hayan sufrido de manera más intensa las consecuencias económicas de la pandemia.

No es solo una lluvia de dinero europeo. Se trata de un programa que combina las reformas estructurales con la inversión, pública y privada, para ayudar a la economía europea a superar el trance de la crisis sanitaria, acelerando además la adaptación a los desafíos futuros, con la descarbonización y la digitalización como ejes prioritarios. Dentro de la filosofía del NGEU late también la voluntad de que estos cambios se hagan reforzando la autonomía estratégica, la resiliencia y la capacidad tecnológica de la UE respecto a Estados Unidos y a China. Por eso se prevé invertir en el desarrollo de las tecnologías críticas como la inteligencia artificial, la computación en la nube, el 5G o la ciberseguridad.

El grueso de los fondos del NGEU se canalizará a través del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, y revestirán la forma de transferencias de capital y préstamos en condiciones ventajosas a partes iguales.

Para España la oportunidad que ofrece esta innovación política europea es única. Ha sido la economía más castigada en 2020 (con un 11% de caída del PIB), en buena parte debido al elevado peso de la actividad turística. Además, este golpe llega tras unos años de inversión pública anémica y escasos avances en la resolución de los problemas estructurales de empleo, productividad y sostenibilidad fiscal que nos atenazan desde hace varios lustros. Todas las administraciones públicas y el sector privado están ya movilizados para preparar proyectos de inversión que encajen con los ejes y las políticas palanca identificados en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia cuya primera versión presentó el gobierno en octubre. Se trata de un desafío de país que debería aprovecharse para articular un nuevo impulso modernizador. Lo cual requerirá utilizar de manera plena las capacidades públicas y privadas, el conocimiento, la experiencia y las mejores prácticas de colaboración y de gestión.

Gonzalo García

Gonzalo García es socio director de Economía de Afi.

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