
El mercado del petróleo presenta una divergencia cada vez más llamativa entre fundamentales y posicionamiento.
Desde el cierre de Ormuz, los inversores han interpretado la ausencia de una crisis de abastecimiento como prueba de una oferta abundante, favoreciendo posiciones bajistas. Sin embargo, el mercado físico podría estar tensionándose sin que todavía se refleje plenamente en los precios. El desfase de unos 90 días entre producción y consumo retrasa el impacto, mientras los inventarios estadounidenses han caído con fuerza y Cushing se aproxima a mínimos operativos.
Además, los 150 millones de barriles liberados tras el acuerdo de junio ofrecieron un alivio puntual, pero no estructural. La menor actividad de las refinerías tampoco implica necesariamente una caída equivalente de la demanda final: los elevados márgenes de refino sugieren escasez de productos y uso de inventarios. Su reposición obligaría a aumentar las compras de crudo, coincidiendo con la reconstrucción de reservas estratégicas y el menor crecimiento del shale. El elevado posicionamiento corto podría entonces amplificar una subida de precios.
