
Del depósito a la diversificación
Leer de forma retrospectiva los artículos que he publicado en Empresa Global a lo largo de estos años me ha servido para evidenciar cómo han evolucionado el sistema financiero y el perfil del ahorrador/inversor. Es lo bueno que tiene “echar la vista atrás”, que permite verificar algunas de las tesis planteadas. De todas ellas, me siento especialmente orgulloso de una: #FS2I From Saver to Investor. Hace referencia a la necesidad, desde 2010, de transformarse de ahorrador en inversor si se quiere conseguir una rentabilidad nominal por encima de la inflación. Solo asumiendo riesgo es posible alcanzar una rentabilidad real positiva.
La gran crisis
Esta idea tiene su origen en el contexto posterior a la crisis financiera global de 2008, cuando el foco del análisis estaba en la estabilidad del sistema y en la resolución de desequilibrios en la zona euro. La evidencia de diferencias significativas entre países que compartían moneda llegó apenas una década después del nacimiento del euro. ¿Demasiado pronto o demasiado tarde? Aquellos años obligaron a entender que no todos los riesgos estaban correctamente valorados. La deuda pública de países como España o Italia dejó de ser un activo libre de riesgo en términos absolutos y los depósitos bancarios comenzaron a mostrar limitaciones como vehículo exclusivo de ahorro.
Fue también el inicio de una transformación clave: el papel de los bancos centrales pasó a ser el principal determinante de los mercados financieros. Las políticas monetarias no convencionales —tipos en mínimos históricos y, sobre todo, programas de compra de activos— alteraron profundamente las reglas del juego. El análisis tuvo que desplazarse desde la descripción de la coyuntura hacia la interpretación de sus implicaciones para los activos.
Durante años, la persistencia de tipos de interés reducidos —e incluso negativos— supuso un cambio radical para el ahorrador español, tradicionalmente vinculado a productos bancarios. La disyuntiva era clara: aceptar rentabilidades prácticamente nulas o asumir más riesgo. En ese momento, la transición de ahorrador a inversor dejó de ser una recomendación teórica para convertirse en una necesidad.
Los depósitos ni se tocan ni se remuneran
En este contexto, defendí una idea que ha generado debate pero que sigo considerando válida: los depósitos bancarios cumplen una función esencial, pero no deben entenderse como un instrumento de inversión. De ahí la frase: “los depósitos ni se tocan ni se remuneran”. Ni se tocan porque son un pilar de estabilidad, pero tampoco se remuneran de forma significativa porque, en un entorno de elevada liquidez, no son un recurso escaso para las entidades.
Pretender que los depósitos ofrezcan rentabilidades reales positivas de forma sostenida es incompatible con su propia naturaleza. Su función es preservar capital y ofrecer liquidez, no generar rentabilidad. Y es precisamente esta realidad la que refuerza la necesidad de ese tránsito hacia el inversor: quien aspire a rentabilidad debe aceptar volatilidad y riesgo.
La diversificación pasó entonces a ocupar un lugar central. No como un principio abstracto, sino como una herramienta imprescindible en un entorno en el que las fuentes de rentabilidad estaban más dispersas y las correlaciones entre activos eran inestables. La construcción de carteras exigía incorporar activos globales —incluidos emergentes—, nuevos vehículos como los ETF y una gestión más activa del riesgo, no exenta de episodios de sobrerreacción en los mercados.
Poco a poco, el inversor español comenzó a adaptarse, impulsado por el desarrollo de la industria de fondos y el mayor acceso a información. Pero esta transformación no es solo técnica, sino también conductual. A medida que el ahorrador se convierte en inversor y asume riesgo, cobra especial relevancia entender cómo tomamos decisiones. No somos plenamente racionales: en momentos de incertidumbre, el cerebro puede convertirse en un mal aliado. La aversión a la pérdida, el comportamiento gregario o la reacción emocional ante la volatilidad condicionan la gestión de las carteras.
Por eso, el desarrollo del inversor no puede limitarse al acceso a más productos o información, sino que exige incorporar elementos de psicología financiera. Entender estos sesgos no elimina el riesgo, pero sí permite gestionarlo mejor y evitar decisiones más emocionales que racionales.
Junto a ello, hay un tercer elemento clave: el marco regulatorio. La normativa MiFID ha supuesto un avance en la protección del inversor, obligando a las entidades a conocer mejor a sus clientes y a ofrecer productos acordes a su perfil. El test de idoneidad no es un mero trámite, sino una herramienta que busca asegurar la coherencia entre decisiones de inversión, conocimientos y tolerancia al riesgo.
Desde esta perspectiva, la regulación no limita al inversor, sino que lo protege. La sofisticación del ahorrador español no solo exige asumir más riesgo, sino hacerlo de forma informada y adecuada a sus circunstancias. La combinación de conocimiento, disciplina y un marco normativo exigente es clave para que ese tránsito sea sostenible.
El proceso, sin embargo, no ha sido lineal. En los últimos años, los mercados han experimentado nuevos cambios: pandemia, tensiones geopolíticas y retorno de la inflación. Este último factor ha obligado a los bancos centrales a revertir sus políticas y a iniciar subidas de tipos. Entre finales de 2021 y 2022 se produjo una histórica corrección en la renta fija, acompañada de caídas en renta variable. Lo verdaderamente atípico fue la ausencia de descorrelación entre activos.
Este nuevo entorno ha supuesto un cambio de régimen. Los activos han tenido que ajustarse a un mayor coste del dinero y a menores condiciones de liquidez. Para el inversor, esto implica que la gestión del riesgo sigue siendo central y que la diversificación debe replantearse.
A pesar de todo, la tesis inicial se mantiene: no es posible obtener rentabilidad real positiva sin asumir riesgo. Lo que ha cambiado es la forma en la que ese riesgo se materializa y se gestiona. Hoy, el inversor español es más consciente, está mejor informado y dispone de más herramientas.
Conclusión
En definitiva, tanto los mercados como los inversores han experimentado una transformación profunda. El ahorrador español ha evolucionado desde una posición conservadora hacia una mayor sofisticación financiera. No sin dificultades, pero con avances evidentes.
El reto es mantener esa evolución. En un entorno incierto, la clave seguirá siendo entender el contexto para tomar decisiones coherentes. Porque los mercados cambian, pero la necesidad de adaptarse a ellos no. Y, sí, claro que soy partidario de considerar la incorporación de activos digitales en las carteras, de utilizar inteligencia artificial en la gestión y de explorar innovaciones como la tokenización de activos o las stablecoins. No como una sustitución del sistema financiero tradicional, sino como su evolución.
Como en cualquier otro ámbito, la clave no está en la tecnología en sí, sino en su correcta utilización: entender sus riesgos, su encaje en las carteras y su aportación real en términos de diversificación, eficiencia o liquidez. En definitiva, se trata de aplicar el mismo principio que ha guiado este proceso durante años: analizar, adaptarse y decidir con criterio.


