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Adriana Scozzafava

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Nº 221 - Abril 2022

Solo podemos estar orgullosos ante la increíble ola de solidaridad europea frente a la situación que se vive en Ucrania. La respuesta a nivel individual con desplazamientos a las fronteras, la acogida en hogares y las donaciones nos reconcilia con nosotros mismos como sociedad. Nos hace olvidar los motivos por los que poníamos restricciones a la entrada de refugiados sirios, o veíamos como algo lejano la retirada de Afganistán o prestábamos poca atención a las proclamas proteccionistas y ultranacionalistas de algunas voces europeas.

Un incendio al lado de casa, una amenaza colectiva europea no menor y una reacción heroica de los ucranianos defendiendo su país contra una potencia militar más poderosa, que sin duda atrae a los extremistas, ha logrado un avance en términos de cohesión europea del que solo podemos decir enhorabuena.

Hasta aquí los cumplidos.

Un refugiado es una persona que se ha visto obligada a huir de su país de origen para encontrar seguridad en otro país. Deja atrás hogar, posesiones, seres queridos y trabajo. Huye para ponerse a salvo, no va en búsqueda de un futuro mejor. Este matiz que en principio parece menor, le diferencia de otros inmigrantes, más allá de los sentimientos diferentes que puedan generar en el país de acogida.

La cifra actual de refugiados procedentes de Ucrania es de más de tres millones. Según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios hay cerca de dieciocho millones de personas que se podrían ver afectadas por el conflicto en Ucrania, lo que indica que la cifra de refugiados seguirá aumentando.

Los países europeos han activado la protección temporal de las personas que huyen de la invasión rusa, otorgando permiso de residencia, asistencia médica y social, acceso a educación, vivienda y al mercado laboral, por el periodo de un año prorrogable a tres.

Es lógico cubrir las necesidades urgentes como vivienda, comida, asistencia médica y social en primer lugar. Ahora bien, no podemos olvidar la integración en el mercado laboral basados en la premisa de que se trata de una situación transitoria y breve.

Integrarse en el mercado laboral es clave para la inclusión efectiva ya que permite la participación económica y social, además de la realización personal. Todos sabemos que encontrar un trabajo en circunstancias normales requiere tiempo. En el caso de un refugiado acarrea además necesidad de dominar el idioma, poner en valor su conocimiento y experiencia sin acreditaciones, resolver la burocracia previa requerida y, a diferencia de un inmigrante, sin el aliciente de pensar que ha venido porque buscaba un futuro mejor.

Nada se ha oído sobre un paquete de emergencia para la integración laboral, que valide competencias profesionales, que aporte orientación social y profesional, que ayude al aprendizaje del idioma y que dé acceso a servicios de búsqueda de empleo. El problema se ve agravado por la circunstancia de que la gran mayoría de refugiados que estamos viendo estas semanas son mujeres con hijos menores a su cuidado, que pueden carecer del acceso adecuado a guarderías, lo que puede limitar aun más su integración laboral.

Todos deseamos que la guerra acabe pronto y que las personas refugiadas puedan cumplir su deseo de regresar de manera inmediata a sus hogares, pero más allá de los deseos están las realidades. Para conducir en circunstancias adversas hay que ir muy atento a lo que tenemos en la carretera y activar de vez en cuando las luces largas no vaya a ser que venga una curva y sea tarde para reaccionar.

Adriana Scozzafava es directora general de Fundación Afi.

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